Evangelio del Buen Pastor
Padre Obispo Jorge Novak
del libro POR LOS SENDEROS DEL EVANGELIO , Reflexiones bíblico-pastorales agosto 1986. pags 33- 38
Juan 10, 1-18
Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, o cualquier otro que el pastor, huye ante el lobo. No son suyas las ovejas y él las abandona. Y el lobo las agarra y las dispersa, porque no es más que un asalariado y no le importan las ovejas.
Yo soy el Buen Pastor: conozco las mías y las mías me conocen a mí. Así como me conoce el Padre, también yo conozco al Padre, y yo doy mi vida por mis ovejas.
Tengo otras ovejas que no son de este corral. A ellas también las llamaré y oirán mi voz; y habrá un solo rebaño como hay un solo pastor.
El Padre me ama porque yo mismo doy mi vida, y la volveré a tomar. Nadie me la quita, sino que yo mismo la voy a. entregar. En mis manos está el entregarla, y también el recobrarla: éste es el mandato que recibí de mi Padre.»
El buen Pastor da la vida
En el horizonte de este pasaje evangélico aparece la figura simbólica del pastor. La han conocido todos los pueblos; la han integrado todas las culturas; la han idealizado las artes en sus diversas expresiones. Pero donde más se identificó con un estilo de vida ha sido en el cristianismo. La renovación afirmada en la Iglesia en las últimas décadas se ha formulado de modo constante y hasta reiterativo en términos derivados de la misión del pastor. Hablamos de planes pastorales; de consejos pastorales diocesanos y parroquiales; de opciones pastorales… ·
Yo soy la puerta. La alegoría del pastor se· abre con esta definición que de sí mismo da Jesús. «Yo soy la puerta: el que entre por mí se salvará».’ Es un sinónimo de la iniciación cristiana, concretada en los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía. Requiere una clara profesión de fe y el decidido seguimiento de Cristo.
Lo advierte el mismo Salvador: «entren por la puerta estrecha… es angosta la puerta .Y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran.» (Mateo 7, 13-14). .
Exige rapidez en la conversión, porque hay un plazo que es nuestra vida terrestre. La observación viene aquí también de Jesús: «traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán… » (Lucas 13, 24).
Encontrarán su alimento en abundancia. Entrar por la puerta que es Cristo es gozar esa realidad que llamamos sencillamente Vida; es lograr la felicidad; es sentir los beneficios de la paz. Se trata de una iniciación que, ante todo por el sacramento de la Eucaristía, tiende a crecer hacia una plenitud ilimitada. Dios no nos mezquina el don de la Vida; Dios no resta; no regatea. Hace las cosas bien, con ese estilo, tan propiamente suyo, de donarse para que nosotros seamos más, compartamos mejor, sirvamos siempre.
Doy mi vida por las ovejas. Una cosa es dar objetos y otra, muy distinta, es ir entregando la vida de uno mismo. Lo saben los papás y las mamás que día tras día luchan a brazo partido en procura del pan para sus hijos. Jesús fue decididamente al límite de esa capacidad: entregó hasta la última gota de su sangre por cada hombre, sin excluir uno solo.
Nadie me la quita; la doy por mí mismo. En esa oblación brilla la máxima realización de la libertad. Es un secreto aprendido, en la experiencia de todas las jornadas, por el creyente: hacer con amor la voluntad de Dios. Hacerla con prontitud. Hacerla con alegría. Hacerla bien, en todas sus exigencias.
Jesús tuvo la oportunidad de demostrarlo: aceptó la pobreza; proclamó con vigor el Reino de Justicia y de Paz que era el proyecto de Dios para restaurar las ruinas de la historia humana.
Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
Este Evangelio nos ayuda a reflexionar sobre el llamado misterioso de Cristo a los suyos: «si quieres ser. perfecto, vé, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme» (Mateo 19, 21).
Así lo hicieron los Apóstoles. Dejaron las redes y las barcas. Dejaron la oficina del recaudador. Dejaron su seguridad personal y familiar; cambiaron su cultura para hacerse todo para todos, con tal de ganar a algunos para Cristo. Dejaron su comodidad y encararon el riesgo. Pablo es un buen ejemplo representativo. Escribiendo a los cristianos de Corinto hace una síntesis impresionante: «En mis innumerables viajes, pasé peligros en los ríos, peligros de asaltantes, peligros de parte de mis compatriotas, peligro de parte de los extranjeros, peligros en el mar, peligros de parte de los falsos hermanos, cansancio y hastío, muchas noches en vela, hambre y sed, frecuentes ayunos, frío y desnudez. Y dejando de lado otras cosas, está mi preocupación cotidiana, el cuidado de todas las Iglesias. ¿Quién es débil, sin que yo me sienta débil? ¿Quién está a punto de caer, sin que yo me sienta como sobre ascuas?» (2 Cor 11, 26-29).
He aquí la estampa de un cristiano de verdad, que ha sabido dar respuesta cabal y exhaustiva al llamado de Jesús. En la escena de Damasco, en el momento mismo de su conversión, había formulado estas preguntas: «¿quién eres, Señor? … ¿qué debo hacer, Señor?» (Hechos 22, 8-10). Y Jesús, al identificársele, le había confiado la sublime misión de proclamar el Evangelio hasta los límites mismos de la geografía humana. Así sucedió muchas veces en los 20 siglos fecundos de historia salvífica que registra la Iglesia. En todo momento hubo hombres y mujeres que supieron convertirse plenamente y seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias. No de otra manera nacieron las comunidades. y afirmaron su presencia en el mundo. Nuestro tiempo no puede damos alternativa. más saludable.
También ahora la humanidad reclama ministros fieles, testigos veraces, servidores incansables. Y esto no puede darse sin que un núcleo de hombres y mujeres dejen su seguridad humana y acepten el riesgo, cubierto ampliamente por el mejor de los seguros que es la fidelidad de Dios, de enfrentar el miedo, y los trabajos, y las calumnias y las cárceles y la muerte.
Nuestro continente latinoamericano está sintiendo la vitalidad pujante de una auténtica primavera de vocaciones. Es muy frecuente dar con estadísticas que prueban una realidad atribuible sólo a la gracia misericordiosa de Dios. Los Seminarios diocesanos, huérfanos diez años atrás, bullen ahora de jóvenes entusiastas por ejercer el ministerio sacerdotal. Algo similar comienza a suceder con los noviciados de las Congregaciones religiosas. También hay que mencionar al voluntariado de los laicos.
En las tareas catequísticas, en la celebración litúrgica y en los servicios que la caridad cristiana inspira y organiza; los vemos presentes, con ejemplar dedicación y perseverancia. Es una entrega hasta el testimonio de la sangre. La disposición que Pedro manifestaba en la última Cena, en momentos previos a la Pasión de Cristo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte» (Lucas 22, 33): «Yo daré mi vida por ti» (Juan 13, 37), ha sido la de los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos que arriesgaron su fama, su salud y su vida por Jesús.
· En Guatemala fueron asesinados muchos catequistas. Me comentaba un sacerdote la muerte de un coordinador de catequesis en El Salvador. Colgado de un árbol lo desollaron vivo. Ni más ni menos: como a San Bartolomé. Proclamar el esquema del Evangelio sobre el ordenamiento cristiano de la sociedad puede ‘ser considerado subversión, y reprimido brutalmente. · ·
En nuestra patria, Argentina no han faltado testigos de la fe cristiana hasta el derramamiento de sangre. Un testimonio lo tenemos en el sacerdote Carlos Mujica. En su momento hizo su propia opción preferencial por los pobres. Su presencia, su palabra, su acción, totalmente inspiradas en el Evangelio de Cristo, provocaron la envidia y la cólera de oscuros centros de decisión. El Padre Carlos, hijo de la Iglesia, a la que amaba y servía fervorosamente, cayó bañado en su propia sangre. Sus perseguidores ignoraban, quizás, que no se puede apagar la voz de un verdadero testigo de Cristo. La muerte heroica transforma toda su persona en un solo anuncio del Evangelio, cuyo eco perdurará en las futuras generaciones y despertará las conciencias aletargadas.
Un comentario en «Evangelio del Buen Pastor»
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