LA RECONCILIACIÓN (Año Santo 1975)
Beato Eduardo Francisco Pironio
Carta pastoral: Evangelización, Año Santo, Eucaristía
Es el lema y el fruto que el Santo Padre propone para el Año Santo. ¡Cómo quisiera yo que lo descubriéramos en su profundidad y eficacia y que lo viviéramos en intensidad de conversión y de encuentro! Cuando hablamos del Año Santo no entendemos simplemente un año de gracia y de perdón; mucho menos, un año de superficial movimiento y de turismo. Entendemos un año de particular presencia del Señor, de gran actividad del Espíritu Santo. Un año de renovación interior y de verdadera conversión; de real encuentro con Dios que es nuestro Padre y con los hombres nuestros hermanos.
A. Encuentro con nosotros mismos
Lo cual supone volver a encontrarnos con nosotros mismos: con nuestra realidad interior hecha de serenidad y de miedo, de cansancio y de esperanza, de amor y de egoísmo, de felicidad y de tristeza, de fidelidad al plan de Dios y de rechazo, de oscuridad y de luz, de gracia y de pecado.
Para encontrarnos con nosotros mismos hace falta un momento de silencio. En general huimos del silencio porque lo consideramos un tiempo muerto; o porque nos grita, nos golpea y nos acusa. Cuando nosotros estamos en silencio, Alguien habla adentro: para llamarnos, para orientarnos o para corregir la ruta que estábamos siguiendo.
Pero no es fácil meternos en el silencio; cuando volvemos a casa, enseguida encendemos la radio o el televisor. Aunque sepamos que no hay nada importante. Es que el silencio nos aturde y nos aplasta. En el silencio de María nació la Vida; en nuestro propio silencio, si es activo y maduro como el de Ella, si es producido por el Espíritu Santo, nacerá también la Luz, que es Cristo y nos encontraremos en Él. Sabremos quienes somos: los hijos de Dios y hermanos de los hombres.
Pero encontrarse a sí mismo es algo más: es volver a descubrir la punta del camino, es decir, lo que Dios quería de nosotros, es descubrir su plan adorable en nuestra vida; es volver a sentir como nueva nuestra vocación, nuestra profesión, nuestro ministerio sacerdotal, nuestra consagración religiosa o nuestra vida matrimonial. Es volver a encontrarle gusto a nuestras tareas cotidianas, quitándoles la esterilidad de la monotonía y del cansancio. Es volver a sentir la alegría del servicio y la fecundidad infalible en lo que hacemos: en la oficina, en el hospital, en el taller, en el campo, en el aula, en el consultorio, en la calle, en el altar o en la capilla. Es experimentar la alegría de sentirnos útiles; y de que toda vida es una vocación; y toda vocación es un servicio; y todo servicio es una salvación. ¡Qué bueno es descubrir nuestro camino como providencialmente nuevo cada día!
Volver a encontrarnos con nosotros mismos es darnos cuenta que habíamos cambiado. Ya no somos los de antes. La vida y los hombres nos golpearon demasiado. Dios mismo nos curtió mucho. Si cambiamos por madurez de crecimiento, es adorable. Pero si cambiamos por superficialidad de perspectivas, por estancamiento o sentido de frustración en nuestra vida, es una especie de suicidio y una forma de egoísmo. Ordinariamente pensamos que los que cambian son los otros. Nos pasa lo del Evangelio: vemos fácilmente la paja en el ojo del hermano, pero nos cuesta descubrir la viga en el nuestro (Mt. 7, 3).
B. Encuentro con el Padre
Hay algo que nos llena de alegría en este encuentro: volvemos a sentirnos pequeños, en las manos de un Padre que nos ama. Volvemos al Padre, a su cercanía, su intimidad, su amor.
Reconciliarnos con Dios es regresar al gozo de la casa paterna, sentir que Dios es nuestro Padre y nuestro Amigo; es Alguien que nos abraza y nos perdona, nos reviste de alegría, nos alimenta con su Palabra y con su Carne, nos hace experimentar el gozo de su presencia y va haciendo el camino con nosotros.
¡Qué necesidad tienen los hombres, en su soledad y en su miedo, de volver a descubrir la paternidad de Dios, la cercanía de Cristo y la intimidad fecunda del Espíritu! ¡Qué necesidad tenemos todos de volver a experimentar que Dios es Amor!
Pero esto exige el proceso evangélico de la conversión. Lo cual supone tomar conciencia de nuestro pecado y pedir humildemente a Dios que nos perdone. Los cristianos de hoy sufrimos más que nunca los efectos del pecado (injusticias, opresiones, muertes, etc), pero hemos perdido lamentablemente la conciencia del pecado. Quizás sufrimos “complejo de culpabilidad” y acudimos fácilmente a un siquiatra para que nos libere; pero difícilmente nos damos cuenta de que hemos rechazado al Amor y herido a Dios olvidando el dolor de los hermanos.
Nos parece que el pecado, la conversión y el sacramento de la Reconciliación ya pasaron de moda. Pero la lucha entre la Luz y las tinieblas, entre el bien que queremos y el mal que hacemos seguirá hasta el final. La vida del cristiano –Obispo, sacerdote, religioso, o laico– es un permanente camino de conversión, que necesita lucha, sufrimiento y humildad, hasta entrar en la Casa del Padre.
Descubrir a Dios como Padre es hacer la vida más serena y luminosa, más activa, optimista y comprometida. No es lo mismo un cristiano convertido –que ha encontrado de veras al Señor y descubierto que Dios es su Padre– que un cristiano que ha perdido la fecundidad y alegría pascual de su Bautismo. Lo nota enseguida la gente. Se da cuenta enseguida si la fe que profesamos es un “puro compromiso” por temor, o más bien un amor que nos compromete de veras con la vida. Un cristiano que ama a Dios como Padre y lo celebra cotidianamente en su tarea cambia el mundo: hace más habitable la tierra y más fraternos a los hombres.
Por eso la conversión auténtica tiene un signo: la serenidad interior y la alegría de un encuentro. “He visto al Señor” (Jn. 20, 18). “Hemos encontrado a Aquél de quien hablaron los Profetas” (Jn.1, 45).
C. Encuentro con el hermano
Y el encuentro con el Padre nos compromete: a realizar su voluntad, a descubrir que todo hombre es nuestro hermano. Este es el tercer término de la Reconciliación proclamada en el Año Santo: el encuentro verdadero con el hermano. No es un simple descubrimiento y abrazo. Es esencialmente donación y servicio. Es práctica de la justicia. Es solidaridad con los que sufren. Es comunicación gozosa de la propia vida.
Amar de veras es llorar con los que lloran y alegrarse con los que se alegran (Rom. 12, 15). Amar de veras, sobre todo, es dar la vida por el amigo (Jn. 15, 13). Pero ese amigo no es alguien a quien yo he elegido; es alguien que providencialmente Dios ha puesto en mi camino (Lc. 10, 29ss), a quien tal vez yo no conocía ni sé su nombre, pero que me necesita porque en él a muerto la alegría y la esperanza, porque en él la muerto la Vida. Amar de veras es encontrar a Alguien que tiene siempre un mismo nombre: Jesucristo.
Ponernos en camino hacia el hermano es romper la insensibilidad y el egoísmo, superar la desconfianza o el cansancio. Es, sobre todo, descubrir que Cristo vive en cada uno de lo hombres (Mt. 25, 40). Y que al final de la vida se nos juzgará en el amor.
El Año Santo tiende a renovar interiormente a cada hombre, a renovar la Iglesia, a renovar la comunidad humana. Si la Reconciliación es verdadera, es indudable que habrá más justicia en el mundo, más amor y más libertad. Por consiguiente habrá más paz. “El Pentecostés de la gracia”, como decía Pablo VI, “se convertirá en Pentecostés de la fraternidad”.
La Evangelización, tema del Sínodo, tiende fundamentalmente a esto: a la conversión. Y la conversión se traduce en términos de reconciliación. Por eso yo quisiera repetirles con San Pablo: “Es Dios el que les grita por mi boca: en nombre de Cristo, les ruego que se reconcilien con Dios” (2Cor. 5, 20).
Mar del Plata, 15 de setiembre de 1974
Festividad de Nuestra Señora de los Dolores
“Tiempo de Esperanza”, Escritos Pastorales Marplatenses III
Ed. Patria Grande, Buenos Aires, 1976.