“Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto”. Jn 12,24
De una homilía del Viernes Santo en la Parroquia Nuestra Señora de la Victoria, La Plata, 1971
Nos sentimos en familia, al pie de la cruz, con la misma serenidad y fortaleza de la Virgen, Nuestra Señora.
Entre los personajes que aparecen en el relato de la Pasión nos gusta situarnos en el corazón bien pobre, bien silencioso, bien disponible de la Virgen Nuestra Señora.
María en la cual nace la Iglesia. En cuyo corazón virginal nació la Iglesia una vez en su plenitud de fe en la Anunciación cuando le dijo al Padre que sí.
María en cuyo corazón virginal lleno de amor, de inmolación, de ofrenda, nació –segunda vez– la Iglesia cuando estaba serena y fuerte al pie de la cruz: aquí tienes a tu hijo, es decir, aquí tienes a la Iglesia.
María en cuyo corazón silencioso y disponible nació –tercera vez– la Iglesia en Pentecostés, cuando salió como Iglesia misionera, apostólica, del testimonio, de la profecía. Yo quisiera que en nuestro corazón naciera hoy la Iglesia, una Iglesia verdaderamente pascual. Por eso nos situamos frente a la cruz del Señor con ánimo pascual.

Fecundidad pascual, fecundidad de la cruz del Señor. Precisamente porque se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, por eso el Padre lo exaltó, lo glorificó dándole un nombre superior a todo nombre para que ante el nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesús es el Señor para la gloria de Dios Padre. Así es Cristo. ¡Así es la cruz del Señor! Así es también, mis hermanos, mi cruz. Cuántas veces tal vez cuando el Señor me ha visitado adorablemente con la cruz, yo pienso: ¿por qué el Señor me castiga, y por qué esto a mí? ¡No es que te castigue, te visita! Quiere hacer de tu vida fecundidad, fecundidad para el mundo, fecundidad y madurez para ti mismo, te quiere dar plenitud. Por eso, mis hermanos, yo desearía que ustedes tuvieran serenidad y fortaleza y mucho gozo en lo hondo del corazón cuando el Señor les mande la cruz, pero no quisiera que el Señor les ahorrara la fecundidad de la cruz y que condenara la vida de ustedes a la esterilidad del vacío. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo, pero si muere es entonces cuando produce fruto. Entonces yo me pregunto cuando a veces la enfermedad me visita, o cuando la incomprensión, o cuando la aparente soledad o real soledad, cuando la oscuridad… en fin, tantas cruces, cuando a veces estoy como con la sensación de no poder hacer nada, ¡qué bueno pensar que entonces es cuando uno empieza a ser verdaderamente fecundo! Yo pienso que las tres horas más fecundas de Cristo fueron las tres horas de aparente inutilidad en la cruz: cuando clavaron sus manos y ya no podía bendecir, cuando clavaron sus pies y ya no podía evangelizar, cuando se secaron sus labios y ya no podía hablar; entonces es cuando Cristo redimió al mundo. Y nosotros pensamos que vamos a redimir al mundo con la palabra, con los gestos, con los movimientos. Hermanos, el mundo se redime por el camino por donde redimió Cristo, que es el silencio y la cruz; aparentemente cosa absurda. Entonces cuando el Señor aparentemente nos inutiliza por el sufrimiento, cerrar los ojos y decirle al Padre que sí, y sentir el gozo de una fecundidad que nace adentro; sentir entonces, que es cuando la Iglesia va naciendo de veras adentro para nacer en el corazón de los hombres.
Así es cómo esta tarde queremos vivir también nosotros nuestra propia cruz, la cruz que cada uno de ustedes tiene. Yo conozco la mía, cada uno de ustedes conoce la suya propia. Esta cruz hoy la recibimos con las dos manos y la metemos adentro. Esta cruz la guardamos para saborearla en silencio; mejor, esta cruz permanentemente está ante nosotros. Y nos ponemos como María con serenidad y fortaleza al pie de ella para ofrecernos juntamente con ella y con Cristo al Padre para la salvación de los hombres. Que así sea.
De una homilía del Viernes Santo en la Parroquia Nuestra Señora de la Victoria, La Plata, 1971
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